Homilía Mons. Carlos Enrique Herrera, domingo 5 de junio del 2022. Fiesta de Pentecostés

Homilía Mons. Carlos Enrique Herrera

Solemnidad de Pentecostés 

Catedral San Juan Bautista-Jinotega 

05 de junio, 2022

La noche de ayer en la vigilia nos preparábamos para recibir la cumbre de la semana pascual con la promesa del Señor, la venida del Espíritu Santo. Ya hemos escuchado las lecturas donde se habla de este momento tan importante y de un milagro tan especial como es el momento en el que los apóstoles predicaban y podían ser entendidos por las diferentes personas hablantes de diferentes lenguas que llegaban a Jerusalén. Jerusalén era un centro de mucho movimiento comercial, por eso llegaban personas de muchos lugares como Roma y Grecia. Personas de diferentes culturas. Fue prácticamente visto como un fenómeno, porque todos entendían lo que Pedro hablaba sobre Jesús, referente a la conversión, a la vida nueva. 

¿Qué quería el Señor hacer con esto?, primero que creyeran que los apóstoles eran los enviados del Señor, de un Dios que es el Dios de todos los pueblos, de todas las naciones y también para que los mismos apóstoles vieran que él no solo venía para el pueblo de Israel, sino que él fue enviado por el padre para llevar esta buena noticia a todos los pueblos. Incluso no solo ellos de forma personal, sino de generación en generación, siempre a través de este ministerio apostólico. Así es como la Iglesia católica se instituye en todas las naciones, en lugares difíciles, donde hay persecución. Ahí se siembra la semilla de la vida, la semilla del verbo de Cristo resucitado. 

Vemos lo importante que es esta universalidad de la Iglesia, que desde el momento que el Señor les abre y derrama su espíritu, como dice San Pablo: “No solo a los judíos, sino a toda la humanidad”. Entonces hermanos, sintamos y creamos que estamos en la verdad, y esa verdad la tenemos que defender con nuestro testimonio, sintiendo que el Señor está con nosotros, que el Espíritu Santo está con nosotros y que debemos siempre buscar como renovar esa presencia del espíritu de Dios, porque estamos en el mundo, pero podemos renovarla a través de los sacramentos, a través de la oración, especialmente invocando constantemente al Espíritu Santo. 

Ya lo decía San Pablo: “Ese Espíritu Santo que habitó en Cristo y habita en su divinidad con Dios, habita también en nosotros. Por ese espíritu el Señor nos resucitará a una vida nueva ahora y después de la muerte”. Es importante hacer conciencia de la acción del Espíritu Santo en nosotros y dejarlo que actúe. En el altar tenemos representados los dones del Espíritu Santo que derrama sobre cada uno de nosotros según el llamado personal de cada uno. Es importante que los cultivemos con la oración. El don de la sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Inculquemos en los pequeños el santo temor a Dios, no como un temor a un Dios castigador y vengativo, sino como un Dios que ama pero que cuando los dejas de amar te convertís en esclavo, morís a ese amor, a la libertad que tenemos como hijos de Dios, se muere también a la confianza en el prójimo. El temor de Dios es apartarnos del pecado para no vaciarnos de su divinidad. Cuántas veces nos hemos sentido desanimados, débiles, nos cuenta mucho seguir adelante con la cruz de cada día. Invoquemos al espíritu y pidámosle que venga en nuestro auxilio y él nos dará esa fuerza. 

Jesús se acerca a los apóstoles temerosos, encerrados en sí mismos por miedo a los judíos, los visita y les saluda diciéndoles: la paz esté con ustedes. ¿Qué significa paz? La paz significa la mejor bendición que Dios puede darle a una persona y esa bendición es derramar su espíritu sobre ellos. Espíritu de valentía, Jesús les dice: “Reciban el Espíritu Santo” y les da otro mandato, para bien de todos: “A los que ustedes les perdonen sus pecados, les quedan perdonados, en cambio, si no les perdonan los pecados, no les serán perdonados”. Cuando una persona vive en pecado mortal, y no se arrepiente y no quiere salir del pecado, no se le puede perdonar. Tiene que salir del pecado para ser perdonado. Hasta que venga arrepentido, hasta que venga decidido a abandonar ese pecado mortal, entonces podrá entrar en la gracia, en la reconciliación con el Señor. 

No ser dócil al Espíritu Santo, no invocarlo, ser indiferente, es un pecado mortal. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo es el amor del padre y del hijo. La plenitud de la revelación viene con la acción del Espíritu Santo que se derrama para todos y que se nos ha dado a través de la Iglesia en los sacramentos del bautismo y la confirmación. Cuando el sacerdote habla en la consagración y dice: “Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes, esta es mi sangre”. En ese momento el Espíritu Santo está actuando. 

Vivamos con convicción, con fe, con confianza, con caridad y con amor estos grandes dones que el Señor nos ha regalado.  

 

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